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Costa Rica: “Pura Vida” sí, pero salvaje…

Un país sin más ejercito que las tropas de tortugas gigantes que desovan cada año en sus playas, no puede ser malo. Volcanes activos, bosques tropicales, playas vírgenes y fauna salvaje te esperan con los brazos abiertos en un oasis cuya única bandera es la naturaleza

DESPEREZÁNDOSE

Un dedo y luego el otro, así, despacio y sin prisa. Dos o tres dedos a mover, según la especie, que se van asiendo a las ramas en camara lenta, trepando hasta lo más alto del árbol. No importa la lentitud, porque si algo le sobra a los perezosos es tiempo. Ver un perezoso en su hábitat natural es una de las grandes atracciones de cualquier viaje a Costa Rica. Más habitual aún que ellos, es la estampa de turistas en los parques naturales de Manuel Antonio, Cahuita y Corcovado, ataviados como el mismísimo coronel Tapioca oteando los árboles con prismáticos esperando encontrar en sus copas a estas entrañables criaturas. Así anduve yo también, caminando entre la foresta alzando la vista a la espera de un chasquido de ramas que pudiera alertarme de su presencia. Mi guía me cuenta que los perezosos únicamente bajan de los árboles para hacer sus necesidades que entierran más tarde para evitar que su olor atraiga a potenciales depredadores, así que cualquier encuentro con uno de ellos a ras de suelo es siempre un momento inoportuno para el pobre animal. Después de andar con la vista alzada durante horas, regreso vencido sin ver ni un ejemplar. De vuelta al hotel, una parada para repostar y tomar un café en una la estación de servicio. Y allí, en el bosque detrás de la gasolinera, en medio del bullicio de coches entrando y saliendo a repostar, dos perezosos colgados boca abajo de una rama a menos de tres metros del suelo. Me acerco a ellos y les tomo fotos sorprendido de verlos tan cerca y más aun en un lugar como este. Con un gesto al ralentí uno de ellos va girando la cabeza hasta que sus ojos redondos como botones se clavan en mi. Me doy por aludido, recojo mi camara y me voy porque, si esta bajando al suelo, tienen razones de peso, y al fin y al cabo, a nadie le gusta tener espectadores cuando la naturaleza llama.

EL VOLCÁN TÍMIDO

El día amaneció nublado. Las nubes ganaban por goleada al sol que de vez en cuando se asomaba tímidamente para ser tapado de nuevo por una nube más densa aún. Malas noticias en un día en el que el highlight era la subida al volcán Poas para observar uno de los cráteres más majestuosos de todos los volcanes de Costa Rica. Si algo he aprendido en este viaje, es que cualquier intento de predecir el comportamiento la naturaleza en Costa Rica es inútil. Con este mantra en mi cabeza me dirijo al volcán ignorando las nubes y las previsiones de lluvia y obviando un amenazador cielo de color panza de burro. En la puerta, los guardas del Parque Nacional Volcán Poas aconsejan a los visitantes que se den la vuelta para evitar decepciones, pues con la niebla de hoy, allá arriba en el mirador tendrás suerte si alcanzas a ver tu mano al final de tu brazo extendido. ¿Que sabrán ellos? me pregunto para mis adentros. ¿Desde cuando unos humanos por más que cuenten con la previsión del tiempo en sus móviles van a ser capaces de predecir lo impredecible? con ese pensamiento un tanto irracional pago mi entrada y camino entre frondosa vegetación tropical hasta el mirador. La niebla es tan gruesa como dijeron los guardas, pero envuelta en ella, aún sin ver nada, se percibe al otro lado el silencio de un inmenso vacío. De pronto, las nubes se abren y el sol se abre paso iluminando aparece en camara lenta ante mi el gigantesco cráter del Poas con un espectáculo de magma liquido y rocas volcánicas que te deja hipnotizado. Hipnotizado y además solo, porque nadie más se aventuró a subir aquí con el cielo como estaba. Lo dicho, la naturaleza imprevisible regala espectáculos maravillosos a los que creen en ella.

UN VAQUERO EN EL CAMINO

El encuentro ocurrió en una carretera rural de la provincia de Alajuela. Paré el coche y allí estaba él. Desconozco su nombre; Tampoco se ni de donde venía ni a donde iba. Entre nosotros no se cruzaron mas palabras que un saludo y una pregunta: “¿le podría hacer un retrato?. El jinete respondió con un escueto movimiento de cabeza y a continuación se dispuso para la foto. Pies en los estribos y mano firme sujetando la brida hecha de soga. En la montura un lazo enrollado al más puro estilo vaquero. El caballo, no era un ejemplar magnifico, si no más bien lo contrario, y su corta alzada contrasta con el imponente porte del jinete. Muchas veces, cuando los sujetos de una foto son personas que no están acostumbradas a la cámara, la reacción es de timidez y aprensión, como si ese objeto inanimado tuviera el poder de desnudarte o peor aún, robarte el alma como creían algunos pueblos indígenas. La incomodidad de ser observado y analizado a través de un objetivo se refleja en esos retratos de expresión aturdida y mirada huidiza. Sin embargo la mirada del jinete es poderosa, fijando sus ojos en la cámara sin miedo, orgulloso y hasta desafiante. Antes de despedirnos y sabiendo que posiblemente tenía en mi camara un buen retrato, quise pedirle su dirección para enviarle una copia en papel. El vaquero me sonrió, hizo un gesto con la cabeza y se despidió tocándose el ala de su sombrero mientras que con un leve golpe de los tacones de sus botas en el lomo del caballo, este se puso en movimiento de forma instantánea. Al trote se fue alejando de mi y me quede mirándolo desaparecer en la distancia pensando que ya nunca sabría su nombre, ni de donde venía ni a donde iba

DONDE VIVEN LOS COCODRILOS

La ruta 34 es una amplia carretera por donde circulan coches y vehículos pesados a alta velocidad. A su paso por el río Tárcoles, el gigantesco puente de cemento de más de 20 metros de altura hace posible salvar su desnivel y cruzar su cauce. Sin quererlo, este puente se ha convertido en uno de los mejores miradores para observar cocodrilos de toda Costa Rica. Allí abajo, en las orillas del río chapoteando en el barro y tendidos al sol, se encuentra una colonia de cocodrilos de mas de 50 ejemplares. El espectáculo, que se ha convertido en parada obligada de los circuitos turísticos, es sobrecogedor. Animales de 500 kilos de peso y hasta 6 metros de longitud esparcidos por la orilla izquierda del Tárcoles, sumergiéndose en el río para buscar comida o cogiéndola de forma más fácil de la superficie cuando algún turista, desobedeciendo los carteles que prohiben alimentarlos, les lanza comida al río. Las historias de gente que borrachas de aguardiente y sin saber lo que aquí habitaba, decidieron darse un chapuzón en este río y no se encontraron ni sus huesos, son parte del folclore que envuelve este fascinante y al vez escalofriante lugar. No se si haya un espectáculo semejante en algún otro lugar en el mundo donde la civilización y la naturaleza salvaje crucen de este modo sus caminos, pero en Costa Rica, la naturaleza es dueña y señora y alrededor de ella nos acomodamos nosotros. Así que mejor dejarnos en sus brazos sin intentar echarle un pulso porque al final ella siempre gana.

Descubre más sobre Costa Rica, con nuestra guía de viaje de Costa Rica.

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