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Tailandia, el país donde todo es posible

De la serenidad budista de sus ciudades imperiales hasta los frenéticos mercados de Bangkok, Tailandia es un país en donde los extremos se sientan a la misma mesa. Bucea en mares de película, cabalga a lomos de elefante y métete en la piel de este exótico país cuya única regla es vivirlo a tope./p>

Los ojos del fondo del mar

Ahí están. Son miles de ellos moviéndose al unísono en una coreografía perfecta, cambiando de dirección en décimas de segundo de izquierda a derecha de arriba a abajo, de adelante a atrás, porque en el fondo del mar uno se mueve sin hacer caso a la ley de la gravedad. Y ahi estás tu también, flotando como ellos a 20 metros de profundidad y viéndoles como pasan a tu lado con esos ojos abiertos de par de par que te miran pero no parecen verte. O quizás es que tu presencia les traiga sin cuidado, al fin y al cabo no eres más que otro de esos inofensivos animales de color negro que echa burbujas por la boca y que en esta montaña sumergida de Sail Rock, son tan habituales. Este lugar, a hora y media en barco de la isla de Koh Tao es uno de los mejores lugares de buceo del mundo y hasta aquí que se acercan muchos que como tu se han enganchado a sumergirse en las profundidades marinas para hacerse pasar por una más de la espectacular diversidad de especies que viven aquí. Peces solitarios de colores imposibles, peces monocromáticos que nadan siempre en compañía y hasta gigantes que se acercan a merodear hasta de vez en cuando como el tiburón ballena. Dicen que el encuentro con uno de esos inofensivos colosos de diez metros de longitud es una de las experiencias mas increíbles que uno puede vivir en el fondo del mar. Me temo que aún no estoy preparado aun para nadar junto a una criatura de 15,000 kilos. De momento prefiero seguir buceando junto a 15,000 peces de un kilo cada uno./p>

El rey del muay thai

Un rodillazo en la boca del estomago, una patada voladora en la sien, una sucesión de puñetazos en la cara mientras que el contrincante se protege como puede de semejante lluvia de golpes. Lo primero que se me viene a la cabeza contemplando una pelea de muay thai es como es posible recibir semejante castigo físico en cada asalto y ser capaz de mantenerse en pie. La lucha tailandesa es el deporte nacional del país por excelencia y alrededor de ella se mueven millones de baths en cada combate. En este arte marcial de mas de siete siglos de antiguedad, los luchadores profesionales son considerados autenticas celebridades que aspiran a competir en el coliseo del muay thai, el Estadio Nacional de Lumbini en Bangkok. A la vez que la liga profesional, los combates amateurs donde se pelea por una pequeña bolsa o simplemente solo por ser el rey del ring de esa velada, se suceden en cualquier parte del país. Los aspirantes se dejan la piel en combates donde la sangre el sudor y las lagrimas no son una frase hecha sino una realidad que empapa la lona en cada combate. El joven aspirante mira a la camara listo para saltar al ring con el Puang malai, una guirnalda de flores, adornando su cuello. Antes del combate sus compañeros de gimnasio formando un circulo, pusieron sus manos sobre la guirnalda para invocar a la suerte. Cuando suba al ring y se la quite, el luchador estará solo ante el peligro./p>

El paraíso de Meggy y Joel

Meggy es Italiana y Joel americano. Llegaron a Thailandia por casualidad y por separado como tantos otros jóvenes extranjeros que, aprovechado ese año sabático o gap year como le llaman los anglosajones (esa maravillosa oportunidad de lanzarse a explorar el mundo, conocer y conocerse antes de sumergirse en la universidad) eligieron Tailandia como destino. A los dos les unía su pasión por el buceo y esta pasión es la que los junto como monitores en la academia de buceo New Way en la isla de Ko Thao. Aquí los conocí y de su mano y guiado por la calma que transmitían en cada inmersión, aprendí a vencer el miedo a las profundidades y a disfrutar de un mundo fascinante y hasta entonces desconocido para mi. Fue en esta isla, paseando con su perro por playas y senderos como el de la foto, donde se enamoraron el uno del otro y decidieron que este país era su lugar en el mundo. Con la experiencia adquirida, el poco dinero ahorrado y el sorprendente tailandés que Joel consiguió aprender en tan sólo un par de años, decidieron que era el momento de volar solos. Se casaron y hace poco más de un año, abrieron su propia academia de buceo Sea gypsy divers, en Krabi. Y ahi siguen, unidos por una pasión que les llevo por separado hasta un lugar muy alejado de su mundo, un lugar donde sin saberlo, les esperaba mucho más de lo que vinieron a buscar./p>

Mi tuc tuc, mi casa

Meggy es Italiana y Joel americano. Llegaron a Thailandia por casualidad y por separado como tantos otros jóvenes extranjeros que, aprovechado ese año sabático o gap year como le llaman los anglosajones (esa maravillosa oportunidad de lanzarse a explorar el mundo, conocer y conocerse antes de sumergirse en la universidad) eligieron Tailandia como destino. A los dos les unía su pasión por el buceo y esta pasión es la que los junto como monitores en la academia de buceo New Way en la isla de Ko Thao. Aquí los conocí y de su mano y guiado por la calma que transmitían en cada inmersión, aprendí a vencer el miedo a las profundidades y a disfrutar de un mundo fascinante y hasta entonces desconocido para mi. Fue en esta isla, paseando con su perro por playas y senderos como el de la foto, donde se enamoraron el uno del otro y decidieron que este país era su lugar en el mundo. Con la experiencia adquirida, el poco dinero ahorrado y el sorprendente tailandés que Joel consiguió aprender en tan sólo un par de años, decidieron que era el momento de volar solos. Se casaron y hace poco más de un año, abrieron su propia academia de buceo Sea gypsy divers, en Krabi. Y ahi siguen, unidos por una pasión que les llevo por separado hasta un lugar muy alejado de su mundo, un lugar donde sin saberlo, les esperaba mucho más de lo que vinieron a buscar./p>

Atardecer en mi móvil

La chica de la foto examina su móvil y tras retocarla con los distintos filtros de Instagram, darle un poco de contraste, subir el brillo, acentuar la nitidez e intensificar la temperatura, se dispone a hacer click en publicar para compartir el momento con el mundo. Todo esto sería perfecto sino fuera porque en nuestro deseo de compartir nuestros momentos a menudo nos olvidamos de disfrutarlos. Mientras la chica hunde su mirada en la pantalla del móvil, a sus espaldas se sigue sucediendo uno de los mejores espectáculos que la naturaleza nos da gratis cada día. En los próximos minutos el cielo seguirá cambiando de color desde el anaranjado al rojo hasta convertirse en púrpura oscuro justo antes de que el día eche definitivamente el telón dando paso a la oscuridad. El mar también cambia de color reflejando lo que pasa ahí arriba acompañándolo de unas olas diminutas como los pliegues de una sabana. En el fondo, los barcos pesqueros encienden las pequeñas luces de sus cabinas y arrancan sus viejos motores que les llevaran mar a dentro para otra noche de faena. Todo esto ocurre mientras la chica se aleja de la escena contenta con lo que capturó en su móvil y ajena a todo lo que aún sigue pasando a sus espaldas. La luz del aparato ilumina su rostro satisfecho quizás por haber recibido ya un primer like al que seguro le seguirán muchos más. Al fin y al cabo acaba de registrar en su Instagram uno de los atardeceres más bonitos del planeta. La pena es que no lo haya visto.

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